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Semana 45: Setas

07-102026

Setas

Mateu estaba contento. Por fin iba a buscar setas con su hijo.
Lo dijo antes de bajar del coche.
—Este bosque me lo conozco como la palma de la mano.

Su hijo asintió sin levantar la vista del móvil.
—Ya.
—Aquí venía con tu abuelo. A tu edad ya distinguía un pino silvestre de un pino negro.
—¿Ah, sí?
—No es tan fácil.

Empezaron a caminar. Mateu llevaba una cesta de mimbre, un bastón y una navaja. El hijo, una mochila y el móvil.
—Lo primero que tienes que saber es que las setas no se buscan.
El chico levantó la vista.
—¿No?
—Se encuentran. Hay que conocer el bosque.
Mateu le habló de la humedad, la orientación, la pinocha y de la relación de los níscalos con los pinos.

Encontraron unas rúsulas.
—Tenemos que subir más. Encontraremos níscalos.

Siguieron subiendo.
—Demasiado seco —diagnosticó Mateu.
Un poco más arriba se detuvo junto a un árbol.
—Pino silvestre.
—¿Cómo lo sabes?
Mientras Mateu se lo explicaba, el hijo se agachó.
—¿Esto es un níscalo?
Mateu miró.
—Sí.
El chico lo puso en la cesta.
Siguieron.

Cuando aparecieron los primeros abetos, Mateu le explicó que entraban en una zona más húmeda.
—Aquí podemos encontrar boletus. Pero tienes que mirar bien. Saben esconderse.
El hijo guardó el móvil en el bolsillo.

Al cabo de dos minutos:
—¿Como este?
Era un boletus magnífico.
—Es demasiado viejo.
—¿Lo dejo?
Mateu lo examinó.
—Todavía está bien.
Lo pusieron en la cesta.

Más arriba, los abetos dejaron paso a los pinos negros. Mateu le explicó la diferencia entre los dos pinos.
El hijo ya no miraba el móvil. Miraba al suelo.
—Otro.
Era un boletus.

El hijo siguió encontrando.
Mateu no había encontrado nada.
—Hoy no es un buen día.
El hijo llevaba la cesta.
—Pues pesa bastante.
—Quiero decir para las setas.

Caminaron un rato en silencio.

Mateu apartaba ramas, removía la pinocha con el bastón, se alejaba del camino y volvía. Nada.
—Papá.
—¿Qué?
—Aquí. Otro níscalo.
—Ese ya lo había visto.
—Ah.
—Pensaba cogerlo después.
—Vale.
El hijo lo dejó.

Diez metros más adelante, Mateu se dio la vuelta, regresó y lo cogió.

Cuando llegaron al coche, la cesta estaba casi llena.
—No ha estado mal —dijo Mateu.
—No.
—El bosque estaba difícil.
—Sí.
—Otro día, si ha llovido, te enseñaré un sitio donde salen muchos boletus. ¿Quieres volver?
—Sí. ¿Cuándo? —El hijo sacó el móvil para mirar el calendario.

Mateu lo miró y sonrió.
—Pues tendrás que aprender a buscarlos.
El hijo miró la cesta.
—¿Pero no decías que no se buscan?
Mateu cerró el maletero.
—Sube al coche.

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