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Semana 41: El viajero invisible

10-09-2026

El viajero invisible

A menudo, cuando sueño, vuelo.

No como los pájaros. Muevo poco los brazos y no tengo alas. Simplemente planeo despacio, como si el aire hubiera decidido sostenerme.

Debajo, el mundo cambia.

Una noche atravesé un mar que no conocía y llegué a una ciudad de casas blancas donde nadie hablaba ninguna lengua que yo hubiera oído nunca.

Otra noche volé sobre Roma. Pero no la Roma de hoy. En el foro había mercaderes, soldados, esclavos. Pasé tan cerca de un niño que habría podido tocarle el pelo.
Él no me vio.

Así descubrí que el tiempo no era una frontera.

Vi construir catedrales que hoy visito terminadas. Sobrevolé campos de batalla antes de que empezaran las batallas. Entré en palacios, cabañas, barcos. Vi nacer a personas que después aparecerían en los libros y morir a otras de quienes nadie escribiría nunca nada.

Yo lo veía todo.

Nadie me veía a mí.

Al principio me parecía un privilegio.

Hasta que una noche llegué a mi casa.

Era la misma casa, pero mucho más joven. Atravesé la ventana y vi a mis padres sentados a la mesa.

Y entre ellos había un niño.

Yo.

Debía tener seis o siete años.

Me acerqué.

—Estoy aquí —dije.

Nadie levantó la cabeza.

Grité.

Nada.

Entonces el niño dejó de comer.

Miró exactamente hacia el lugar donde yo estaba.

Durante unos segundos no se movió.

—¿Qué pasa? —preguntó mi madre.

El niño siguió mirándome.

—No lo sé —dijo—. Me parece que he soñado algo.

Me desperté.

Desde aquella noche, cuando sueño que vuelo, procuro no acercarme demasiado a mí mismo.

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