Semana 36: La llave
06-08-2026

Hacía semanas que algo se estaba moviendo en su interior, sin nombre y sin forma. Como cuando el agua empieza a calentarse antes de hervir.
Aquella noche soñó con una ventana. Alta, antigua, con los postigos de madera hinchados por la humedad. En la mano sostenía una pequeña llave de bronce. Intentó abrirla, pero las manos no le obedecían. Se despertó con la sensación de haber perdido algo importante. O de que, quizá, estaba a punto de encontrarlo.
Al día siguiente compró un billete de ida, sin fecha de regreso.
Tres días después visitó un claustro románico en el que entró por casualidad.
O por aquello que, a veces, se parece a la casualidad.
Al fondo, un arco de piedra se abría hacia la luz.
Permaneció un buen rato contemplándolo. Sin saber por qué, no se veía con ánimo de atravesarlo.
Al final lo hizo. Sin mirar atrás. Y siguió caminando sin rumbo hasta que las piernas le dijeron que era hora de sentarse.
Escogió un banco cualquiera.
Una niña lo confundió con otra persona.
—Se le ha caído esto.
Le puso una pequeña llave de bronce en la mano y desapareció entre la gente antes de que pudiera responder.
La hizo girar entre los dedos durante un buen rato. Después se la guardó en el bolsillo.
No intentó comprenderlo.
No.
