Semana 18: Anhelo
20-03-2026

Ella siempre se había sentido partida en dos: un cuerpo que no respondía a una mente que ardía.
Muy a su pesar, la llamaban frígida. Una etiqueta que le dolía y no sabía cómo afrontar. Porque en sus sueños aparecía otra versión de sí misma, una que no dudaba ni se contenía; una que vibraba con una intensidad desconocida.
Era como si la puerta sellada de día cediera al dormir, liberando un torrente que la sobrepasaba. Sin miedo ni juicio, desaparecía la distancia incomoda entre lo que sentía y lo que su cuerpo permitía. Se dejaba ir, confiada, entregada a la promesa de sentirse completa.
La sensación crecía desde lo más profundo, lento al principio, luego inevitable. Emergía una marea cálida, la envolvía, la desbordaba. No había cuerpos ni gestos, solo una oleada luminosa que la atravesaba, una corriente que la hacía temblar desde muy adentro.
Y cuando todo se volvía blanco, cuando el sueño parecía disolverse en la claridad absoluta, ella también se deshacía: ligera, suspendida, sin peso, como si perdiera el conocimiento dentro de sí misma.
Al despertar, su cuerpo aún conservaba un eco húmedo, agitado, vivo. Respiraba hondo, con una mezcla de desconcierto y anhelo. Siempre se peguntaba si algún día viviría ese sueño con los ojos abiertos.
Pero esta vez no apartó la sensación.
Cerró los ojos de nuevo, apenas un instante, y dejó que ese temblor regresara, que esa corriente aún latente se expandiera sin miedo, sin preguntas. Su cuerpo respondió con una lentitud nueva, como si por fin aprendiera el idioma que siempre había habitado en ella.
Y por primera vez, despierta, sintió cómo esa ola volvía a crecer desde lo más hondo, cómo la atravesaba sin resistencia, cómo la reclamaba entera.
No pensó.
No dudó.
Se dejó ir.
Y en ese abandono, en ese instante suspendido entre el control y la entrega, comprendió que el límite nunca había estado en su cuerpo.
