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Semana 3: Frío polar

A medio otoño, el frío intenso se adelantó con una ferocidad impropia del calendario. Las heladas cayeron como un castigo sobre el bosque. El anciano roble las sintió antes que nadie en cada una de las grietas de la corteza, en cada una de sus vetas endurecidas.

Sus hojas, que habían sido abanicos abiertos al sol, se desprendieron convertidas en cuchillas frías que el viento arrastraba como si quisiera desollar la tierra.
Un mirlo no volvió a su nido aquella noche; al amanecer, yacía rígido en su base, tan frágil como un suspiro perdido en la oscuridad. Más allá, un zorro joven, vencido por la helada, ofrecía al silencio su última forma.

El roble notaba cada pérdida —a su manera lenta, profunda— y le pesaban como si las hubiera engendrado él mismo.

Sin embargo, en la oscuridad tibia del subsuelo, resistía y ayudaba. Sus raíces tocaban y alimentaban las de los árboles más jóvenes, enviando mensajes que no eran palabras, sino latidos: aguantad, aún queda savia; resistid, yo también sufro pero
no estáis solos.

Y mientras la tormenta blanca tumbaba todo lo que encontraba a su paso, el viejo roble, castigado pero erguido, siguió sosteniendo la vida del bosque, incluso cuando la suya propia parecía a punto de quebrarse.


Frío polar

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