Semana 27: Arriba y abajo
Durante años, los de arriba prometieron que escucharían a los de abajo.
Primero abrieron un buzón de quejas en el centro de la plaza. Los de abajo dejaron cartas, firmas, fotografías de techos agrietados y de niños durmiendo entre humedades. Los de arriba las leyeron con rostro grave y encargaron un informe.
Luego organizaron reuniones. Los de abajo iban con los pies cansados y la voz llena de polvo. Hablaban de jornadas demasiado largas, de salarios que no llegaban, de calles sin luz. Los de arriba escuchaban, tomaban notas y decían que era necesaria paciencia. Pero la paciencia de los de abajo terminaba.
Una mañana, los de arriba anunciaron la gran solución. Construirían una nueva plataforma, más ancha, más moderna, más segura. Una estructura definitiva que pondría fin a todas las molestias e impedimentos. Ya no habría arriba ni abajo, dijeron. Solo una superficie común.
Las obras duraron setenta y dos horas. Desde abajo se oían martillos, grúas, órdenes, celebraciones anticipadas. Cuando alguien preguntaba qué estaban construyendo exactamente, les respondían que era por el bien de todos.
Hasta que la plataforma bajó.
No fue un accidente. Descendió lentamente, con una precisión administrativa, hasta tocar las primeras azoteas. Luego siguió. Aplastó antenas, chimeneas, ventanas, mesas paradas, camas deshechas, animales, ruidos.
Cuando todo quedó plano y sin voces, los de arriba inauguraron la nueva superficie con una cinta roja y un discurso emocionado.
—Hoy —dijo el portavoz— hemos resuelto definitivamente el problema de las quejas.
Desde ese día, nadie volvió a protestar

