Semana 24: La valla
La primera vez que Pau se fijó en la valla, tenía cinco años. Separaba el jardín del bosque. Dentro, césped cortado. Fuera, algo se movía entre los árboles a primera hora de la mañana, cuando la luz todavía no llegaba.
La madre le dijo que la valla era para protegerlos. Su padre no dijo nada, pero una noche, a escondidas, se quedó apoyado en la ventana, mirando hacia el bosque. Nada se movía.
A los diez años, Pau ya sabía que no tenía que hacer ciertas preguntas. Se sentaba erguido. Sonreía cuando tocaba. Callaba cuando convenía. Quien cumplía las reglas dormía tranquilo.
Una noche de verano saltó la valla. Las piernas fueron solas. No había motivo alguno. O uno que pudiera contar.
El bosque estaba oscuro y húmedo. Olía a tierra removida. De algo que respiraba. Avanzó unos pasos. No vio nada. Y, sin embargo, no estaba solo.
Volvió a casa antes de que saliera el sol. Se detuvo para mirar la valla desde fuera. Luego desde dentro. Pasó la mano. Todo estaba en el mismo sitio. La misma madera. Los mismos clavos oxidados.
Nunca supo si había escapado de algo al saltar al bosque o al regresar.

