Semana 21: Desajuste
Se despierta antes de que suene el aviso.
No lo necesita. El cuerpo ya se ha acostumbrado, pero todavía existe un desajuste imperceptible, como si la mañana llegara con retraso, como si el tiempo se tomara una pausa antes de empezar.
Se levanta. Se limpia. Odia lavarse la cara con toallitas húmedas.
Enciende las luces de cultivo.
Las plantas responden con un verdor disciplinado. Revisa los nutrientes, ajusta el goteo. Coge una hoja y la prueba. Espera un segundo más de lo necesario, como si el gusto le confirmara algo.
En la cocina, calienta una ración. Mezcla verduras con proteína procesada y mira el panel de datos con el resumen del día: consumo, producción, incidencias. Hoy todo está dentro de los márgenes.
No siempre.
El sistema de filtrado da una desviación mínima. Se pone antes que sea nada. Desmonta la carcasa, limpia los conductos y sustituye una pieza gastada con gestos precisos, aprendidos a base de repetición.
Arreglar no es una opción: es una necesidad vital.
Después del gimnasio, se conecta: datos, ajustes, confirmaciones, protocolos... Todo listo para la grabación. Habla poco más. El tiempo aquí no sobra.
Un punto diminuto muerde la orilla del Sol. Casi nada, una imperfección en la luz.
Se inclina.
El punto avanza.
Sabe lo que es. Lo ha calculado. Pero verlo… es otra cosa.
Busca más.
¿Otro punto más pequeño le acompaña? Quizás lo ve.
O quizás no.
Cuando termina, revisa las imágenes y las envía.
Vuelve a los cultivos, ajusta las luces, revisa niveles. Todo sigue un ritmo que no es exactamente el suyo, pero que ya ha aprendido a seguir.
Antes de descansar, se detiene frente al ventanal y coge una tableta. El paisaje se extiende en una quietud absoluta: rocosa, polvorienta, inmóvil. Lee un buen rato Los hermanos Karamazov.
Fuera, la luz está lejana.
Mira el horario.
Han pasado 24 horas, 39 minutos y 5 segundos.
Sonríe, sin apenas darse cuenta.
Otro sol completado.
O casi.

