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Semana 19: Abuelo

Se sienta en el sillón y ocupa su lugar, dispuesto a contemplar el espectáculo.

Como si no hiciera ningún esfuerzo, Aurora gira de puntillas por el comedor: aérea, elegante, ligera, precisa, feliz.

Joaquín observa, dibuja y va llenando la casa de música: todo lo toca, todo lo escucha, como si la imagen y el sonido lo buscaran a él.

Ur sonríe, se mueve y no para quieto. Se sube, mide, calcula, se lanza. Lo prueba una y otra vez, incansable. Siempre algo más difícil, más arriba, más allá.

Amèlia recorta y pinta. Elige colores. Decide. Quiere valerse por sí misma, y en esta firmeza hay algo que emociona e inquieta.

Y después están los pequeños. Nilo y Pablo llegan en alud, cargados con libros que apenas pueden sostener. Los dejan encima como un urgente tesoro.

—Éste. No, éste. ¡Este!

Él obedece.

Entre cuento y cuento, juegan a tocarse la nariz, el ojo, la boca, las orejas. Luego galopan sobre sus rodillas como si fuera un caballo que nunca desfallece.

—Arri, arri tatanet... Al paso, al trote, al galope...

Y ríen cuando les hace caer hacia atrás, agarrándolos de las manos.

El abuelo también ríe.

Y mientras los mira —tan diferentes, tan suyos— entiende algo sencillo y enorme: es la vida la que, una vez más, le estalla delante y se sienta en su regazo.

El mundo, por un instante, es sólo eso.

Abuelo

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