Semana 17: La herencia
Aunque vivía fuera de la ciudad, al hermano menor le tocó la casa cuando murió su madre. La cabaña, húmeda y ladeada, fue para el otro, el mayor. No valía ni la quinta parte.
—Lo siento —dijo el menor en casa del notario. Y añadió, con una media sonrisa aprendida:
—Tienes mala suerte.
Nunca habló de compartir nada, ni cuando años más tarde vendió la casa.
Antes de vaciarla, abrieron los cajones y una de las hijas del hermano mayor separó los recuerdos en dos pilas encima de la cama de sus padres.
En una, pequeña y pulcra, quedaron cuatro postales.
En la otra, una montaña de cartas con sobres gastados, postales desde ciudades remotas, letras torcidas y fechas repetidas: “La mili ya se acaba”, “Pienso en vosotros”, “Aprendiendo mucho inglés”, “Una ciudad impresionante”, “Todo bien por aquí”, “Un viaje genial”, “Volveremos pronto”…
Era la pila del hermano de la cabaña: buena parte de su juventud, de sus viajes, de su trabajo, de su vida.
Al día siguiente fueron a repartirse algunas cosas.
No había nada sobre la cama.
La mujer del hermano que heredó la casa había tirado la montaña de cartas, postales y los recuerdos a la basura.
—Había que despejar —dijo—. Esta tarde viene alguien a verla para alquilarla.
La triple herida marcó el resto de la vida del hermano mayor.
Fue demasiado profunda.
Nunca cicatrizó.
Perdió su vida dos veces.

