Semana 14: El truco perfecto
El mago sonrió al público con la seguridad del que controla el mundo. Era su número estrella: desaparecer. Siempre desaparecía. La gente aplaudía, la ayudante reía y el misterio quedaba flotando en el aire.
—Esta noche verán lo imposible —dijo.
El teatro se oscureció. La música bajó como una respiración. La caja estaba en el centro, brillante y silenciosa, y él la rodeó con la solemnidad de quien oficia un rito.
Y se metió.
Cerró la puerta desde dentro. Hubo un segundo de vacío. La pausa exacta. Y, cuando su ayudante levantó la tela y abrió la caja, estaba vacía.
El público estalló.
Aplausos, gritos, risas: el alivio colectivo de haber visto un milagro sin consecuencias. La ayudante se colocó para la reverencia final, esperando que él apareciera tras las cortinas.
Apareció detrás del escenario, de pie, intacto, con el corazón desbocado. Vio la caja en el centro, vacía. Vio a su ayudante inclinándose sola. Vio al público levantarse, aplaudir como si acabaran de presenciar la perfección.
—¡Estoy aquí! —gritó.
Nadie giró la cabeza.
Vio al director abrazar a la ayudante, eufórico. Vio a los técnicos chocarse las manos. Vio a la gente salir comentando el truco, repitiendo su nombre, sin sospechar nada.
Entonces lo comprendió, con un terror lento y absoluto: el truco no lo había llevado a otro lugar. Lo había dejado en el mismo.
Solo que fuera.
Y no sabía volver.
Su función había terminado.

