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Semana 12: Firma

Sonrió al ver entrar a su cliente, otro incauto con prisa por creer. Lo enviaba Prudencio Recarte, su viejo mentor. Sintió el cosquilleo familiar en el estómago mientras preparaba el contrato falso, el discurso exacto, el baile de cifras que siempre funcionaba: hacerle creer que ganaba mientras se desangraba.

El hombre firmó rápido. Dudó lo justo. No preguntó, no regateó. Sonrió.

Aquella sonrisa le rozó la nuca, pero tenía prisa y la ignoró.

Horas más tarde, en el banco, apoyó los codos en el frío mostrador de mármol. Tamborileó con los dedos mientras el empleado examinaba el cheque. Demasiado tiempo. Luego el empleado levantó la vista, frunció el ceño, se levantó sin decir nada y desapareció tras una puerta.

El sudor le empapó la espalda.

Al girarse, chocó con un pecho duro. Dos hombres de seguridad le cerraban el paso. Se giró de nuevo hacia el mostrador.

—Este cheque pertenece a una investigación —dijo el empleado al volver—. El banco reconoce la firma.

Sintió un vacío seco en el estómago.

—¿Qué firma?

El empleado no respondió. Señaló el papel con un dedo limpio, profesional.

—¿De quién es?

Y en ese instante comprendió: lo borraban del juego.

Firma

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