Semana 13: Basta
Los labios temblaron antes que mi voz.
No era miedo, ni deseo. Era el vértigo de cruzar el límite, la certeza de romper la cuerda. Una sola palabra lo echaría todo por la borda. Aun así, los abrí, lentamente, como quien abre una herida para demostrar que seguía vivo.
La habitación parecía contener la respiración. Noté el peso del silencio, ese silencio que se vuelve cómodo hasta que empieza a asfixiar. En mi cabeza, la frase se repetía como un animal encerrado, golpeando los barrotes. Me pudría por dentro.
Podía callar. Podía sonreír. Podía fingir que nada me atravesaba.
Pero ya no.
Y cuando por fin pronuncié la primera sílaba, supe que no estaba hablando para convencer a nadie. Asumía todas las consecuencias, sin red ni colchón. Estaba hablando para no desaparecer, para vivir.
—¡Basta! Me voy.

