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Semana 5: Cajón de sastre

Los objetos jubilados en el olvido llevaban horas discutiendo.

—Yo sí sirvo para algo —protestó el abridor sin muelle—. ¡Solo necesito una oportunidad!

—Por favor… —Resopló la bombilla fundida—, ni que te regalaran.

La cinta adhesiva sin pegamento rodó con aire aristocrático.

—Al menos yo aún tengo forma. Tú no brillas.

El cargador de un móvil vibró con desprecio.

—Hablas mucho para no pegar nada de nada.

El carrete de hilo, casi vacío, afirmó con orgullo que al menos él había servido para remendar vidas enteras, no como el mechero sin gas que presumía de pasadas fogosidades. La linterna sin pilas y la grapadora sin grapas discutían incansables sin saber ya ni por qué.

La pinza de la ropa reclamó con orgullo:

—He superado más tormentas que todos vosotros juntos.

El botón huérfano suspiró, cansado de explicar que su pareja se había perdido en un abrigo olvidado. La llave oxidada —que alguna puerta debió abrir— quiso poner orden, pero no pudo.

Y en medio del alboroto, un ticket arrugado y amarillento recordó con solemnidad:

—Estamos juntos —os guste o no— porque formamos parte de una misma historia.

De repente, se hizo el silencio cuando la puerta del cajón se abrió. Una mano humana entró, dudó… y se llevó a la silenciosa pluma sin tinta.

—¿Veis? —dijo la cuchilla desafilada con amarga lucidez—. Ni siquiera para tirarnos servimos.

Y la discusión volvió a empezar, como todas las cosas que no van a ninguna parte.

Cajlaje de sastre

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