Semana 11: Victoria
Levantó la mirada: su objetivo seguía allí, impertérrito, esperándolo.
Avanzó cuesta arriba con los pies ardiendo y la respiración reducida a un hilo inestable. El suelo caía a su espalda con una pendiente obscena. Cada metro pesaba como dos, como tres y deformado se alargaba. El terreno se volvía inestable y su cuerpo empezaba a procesar excusas para negociar la rendición.
Una piedra suelta lo hizo resbalar. El horizonte basculó y el vacío apareció. Se deslizó un palmo, dos. Clavó las manos a tiempo y la roca le raspó la piel. Durante un segundo eterno se vio caer pendiente abajo. No se movió. Sintió el martilleo salvaje del corazón en las sienes como si quisiera escapar de su cuerpo. ¿Era ese su límite?
No.
Inspiró con dificultad en bocanadas cortas. Pegó el cuerpo a la roca y se incorporó despacio sin conceder al abismo ni un segundo más. Con las piernas temblando, avanzó de lado como si el suelo pudiera volver a desaparecer.
Mareado y con la visión algo borrosa, cada paso era una apuesta; cada piedra, una amenaza de traición. El aire quemaba al entrar y dolía al salir. El cuerpo gritaba. Su cabeza insistía. Sin épica ni testigos, no quiso detenerse. Siguió.
Cuando alcanzó la cima, el viento le bofeteó el rostro. No hubo aplausos de bienvenida, ni gloriosos brazos en alto. Solo él, el cansancio y la certeza de haber llegado donde nadie creía que podría. El mundo abierto y estable, por fin, bajo sus pies.
Quizá era una victoria pequeña, íntima, invisible.
Pero era suya y solo suya.
Esta vez nadie podría robársela.
Se sintió vivo y feliz.

