Semana 7: Perder al ganar
Siempre creí que escribir era competir contra todo: contra los otros autores, contra el jurado, contra el tiempo y —sobre todo— también contra mí mismo. El día del certamen, anunciaron mi nombre como ganador. Aplausos, flashes, manos que me felicitaban. Y, sin embargo, mientras subía al escenario, me sentí extraño y vacío por dentro.
Al volver a casa, encontré en mi mesa el manuscrito que había descartado; el que había escrito antes sin pensar en premios, solo en desahogarme y experimentar. Lo había firmado otro a quien ya no reconocía: mi yo derrotado, el que nunca se lo creyó. Lo abrí.
Era mejor. Brutalmente mejor.
Cada frase era una herida que ya no sabía infligir. Cada metáfora, un golpe de verdad que había evitado por miedo a perder. Comprendí que había ganado porque había renunciado a mi voz.
El verdadero vencedor —aquel que había escrito desde la oscuridad sin esperar nada— ya no era yo. Era el que dejé morir para dejarme convertir en “autor premiado”.
Sentado frente a las dos versiones de mí mismo, lo admití en silencio:
gané cuando perdí y perdí cuando gané.

